Luciano Cruz, a 47 años de su partida

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Tomado de "Polemica"

El 14 de agosto de 1971 fue una fecha paradójica. Ese día se debía conmemorar el sexto aniversario del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, sin embargo, la prematura desaparición física de su líder de masas, Luciano Cruz Aguayo, sumergiría a la organización en el más absoluto luto.

El día 13 de agosto de 1971 se realizó una conferencia de prensa en las dependencias de la revista Punto Final. El salón contaba con 15 sillas habilitadas, las que se hicieron ínfimas para las más de ochenta personas (entre periodistas y policías infiltrados) que llegaron a presenciar el punto de prensa mirista. El objetivo de éste era el de negar la participación del partido en el asesinato de Gilberto González, un agricultor de la Viña Santa Blanca de Rancagua. La conferencia ofrecida por la plana mayor del MIR, contó con participación de Bautista van Schouwen, Roberto Moreno, Andrés Pascal Allende, Nelson Gutiérrez, Miguel Enríquez y Luciano Cruz. Con el retrato de Fidel Castro a sus espaldas y debidamente sentados enfrente de un mesón (con excepción de Gutiérrez que se encontraba de pie) la dirigencia mirista era enfática en señalar que el MIR no tenía ninguna responsabilidad directa ni política por el hecho que se les imputaba. Es más, agregaban estar seguros de que ningún partido de la Unidad Popular estaba involucrado en el asesinato del agricultor rancagüino. Para el MIR era claro lo que se buscaba propiciar a través de su imputación en el hecho, la represión sobre el MIR y el movimiento popular. Pero decían Cruz y compañía que el MIR “no ha evadido jamás sus responsabilidades, siempre ha informado al pueblo de sus acciones; si esta fuera una acción de responsabilidad del MIR no dejaríamos de aclararlo”. La conferencia había sido agotadora, por lo que luego de ella la Comisión almorzó para separarse a eso de las tres de la tarde.

Eran días donde la actividad política copaba la cotidianeidad de los militantes, por lo que Luciano debía volver a una reunión a las nueve de la noche con René “el Gato” Valenzuela. Ésta se extendió por más de cinco horas, por lo que durante la madrugada del día 14 Luciano va dejar a al Gato hasta su hogar en Brasil, unas cuadras al poniente del lugar donde él habitaba. Al llegar a la casa del Gato, éste lo convida al día siguiente, a mediodía para que fuese a almorzar a su casa. Luciano lo da por hecho y se marcha a su casa en la calle Santo Domingo.

Al día siguiente Luciano no aparece para el almuerzo acordado lo cual no le causa tanta extrañeza a Valenzuela, quien recordaba que el día anterior Luciano experimentaba dolor de cabeza y escalofríos. Cerca de las cuatro de la tarde el Gato pasa por fuera de la casa de Luciano razón por la cual decide pasar a visitarlo. Tocó el timbre insistentemente del departamento del primer piso que habitaba Luciano, sin encontrar respuesta alguna. Esto le causó mucha extrañeza puesto que el Peugeot blanco de Luciano se encontraba estacionado en el lugar. La extrañeza se transformó en preocupación, razón por la cual el Gato decide llamar a Miguel que se encontraba en una reunión en Providencia, en la casa del intelectual brasilero Ruy Mauro Marini. Enríquez trató de tranquilizar al Gato señalándole que de seguro el Guatón -como lo llamaba de cariño- no atendía porque se encontraba con compañía, sabiendo de la pasión desenfrenada de Luciano por las mujeres. Ésta era una explicación perfectamente posible, pero no aminoró la preocupación del Gato, motivo por el cual Miguel decidió retirarse de la reunión e ir a la casa de Luciano. Una vez ahí, comenzaron a insistir nuevamente con el llamado a través del timbre. La respuesta seguía siendo nula.

Una idea atraviesa la cabeza del Gato: contactar al antiguo morador de la casa de Luciano, quien habitaba el edificio en alguno de los pisos de arriba. Fue así como René Valenzuela llega al departamento de Jaime Bari Rojas para solicitarle una copia de las llaves del departamento número 10, las cuales Bari no tenía. Sin embargo, al ser el antiguo habitante de él sabía de una maña para entrar. Fue así como comenzó a forzar una de las ventanas laterales del departamento. Lo que sucedería no lo sospechaba nadie. Al pasarse por la ventana, Bari siente de inmediato un fuerte olor a gas, lo que lo lleva a abrir de inmediato la puerta principal para que entraran Miguel y el Gato. Luego de ello se dispuso a abrir las persianas y ventanas para ventilar el lugar. Constituía un peligro estar allí en esas condiciones, pero, los compañeros y amigos de Luciano no ponderaban aquello. Miguel y el Gato al entrar se dirigen de inmediato a la habitación del Guatón donde lo encuentran semidesnudo, acostado, tapado hasta el ombligo e inmóvil. Al no encontrar respuesta de él, Miguel se arroja sobre su cuerpo y le da unas cachetadas. No había respuesta. Decide abrirle los ojos y nota que las pupilas están anormalmente dilatas lo cual con su experiencia médica le indica que está muerto. No obstante, no se trataba de cualquier persona que un médico estuviese examinando. Resignarse ante la muerte de un compañero y amigo no era alternativa. Miguel comienza a aplicar respiración boca a boca masajes cardíacos. De forma paralela, el Gato llamaba a otro de los médicos del MIR; Humberto “Tito” Sotomayor. Con la llegada del Tito entre los tres tratan de vestir a Luciano, quien al momento de su deceso pesaba 105 kilos. Esto dificultó la tarea por lo que le ponen sólo el pantalón y un vestón por encima. Luego de mucho esfuerzo lo logran subir al asiento trasero del auto de Miguel y parten en dirección a la Posta Central. Mientras el Tito y el Gato iban en la parte delantera, Miguel iba atrás con Luciano a quien le continuaba practicando respiración boca a boca. Los esfuerzos eran inútiles, Luciano ya llevaba varias horas muerto, pero como elocuentemente dijo Miguel: “lo que me movió a llevar a Luciano a la Posta fue la esperanza de revivirlo ya que lo quería como a un hermano”.

El Servicio Médico Legal comunicó a las horas más tarde a los miembros de la Comisión Política del MIR, que su compañero había muerto por una asfixia por monóxido de carbono. Era inexplicable que el intrépido Luciano, encargado de la inteligencia del MIR con su chapa de Juan Carlos muriese por un hecho tan absurdo como la fuga de gas de una estufa.

El día 15 su cuerpo era velado no sin sobresaltos. El sectarismo mostrado por el dirigente comunista Luis Figueroa, diputado del PC y dirigente de la CUT se negaba a facilitar el local provincial de la central para amparar el cuerpo del mirista fallecido. Se buscaban todas clases de excusas para negarle la sede al MIR, pero finalmente la determinación de unos dirigentes sindicales del PS los llevó a abrir el local para velarlo allí, en la casa de los trabajadores a quienes Luciano les había ofrecido su vida. Lo que sucedería el día 16, en el funeral sería aún más increíble. Como muchas otras veces en la historia rojinegra se sacó fortaleza de los momentos de flaqueza. Lo que se vio en las calles de Santiago aquel frío de día agosto no estaba en los registros de nadie. Las calles fueron rebalsadas de hombres y mujeres que fueron a despedir a Luciano. Trenes repletos llegados desde el sur, en especial de Concepción se sumaron a los miles de pobladores, obreros y campesinos que marchaban por las calles junto a los militantes del MIR. Los cálculos, siempre conservadores, hablan de treinta mil personas marchando y veinte mil apostadas en las veredas. Los registros históricos que nos legó el lente combativo Jorge Müller nos traslada a ese particular acto que se terminó por transformar en una verdadera muestra de fuerza de la izquierda revolucionaria chilena. De igual forma, se nos muestra el desgarrador llanto de una mujer que entre lágrimas empuña su mano y grita ¡Compañero Luciano Cruz, hasta la victoria siempre!

Nadie quiso estar ausente para despedir al mítico revolucionario, tan olvidado en nuestros días. Ni siquiera el Presidente Allende quien llegó para dar el pésame a la dirección mirista y expresarle a don Pedro y la señora Elba, padres de Luciano que no sólo han perdido un hijo, sino un incansable combatiente.

El acto de despedida para Luciano fue aún más emotivo, y este se vio coronado con el discurso pronunciado por su compañero y amigo, conocido desde su infancia en Concepción en el Liceo Enrique Garmendia, Miguel Enríquez. Las palabras de despedida de Miguel fueron las siguientes:

“La muerte de Luciano Cruz es un duro golpe para nosotros. Los trabajadores han perdido un líder, los revolucionarios han perdido un compañero y nosotros un militante, amigo y hermano de lucha.

Su vida fue un ejemplo para nosotros y lo será para generaciones venideras. Luciano será ejemplo para miles de jóvenes del pueblo que no quieren vivir de rodillas en la miseria.

Su muerte habrá de ser un impulso para la lucha que se avecina.

Juramos frente a nuestro compañero de lucha combatir implacablemente a los enemigos del pueblo, luchar por conquistar el poder para los trabajadores, por instaurar un gobierno revolucionario de obreros y campesinos y por construir el socialismo en Chile.

Luciano: ¡Hasta la victoria siempre!”

Tomado de Fundación Miguel Enriquez

Texto de Pedro Lovera Parmo.

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