[ANÁLISIS] Frente Amplio, peligrosa ilusión.

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Por: Cristián Fuentes (Insituto de Estudios Críticos)

Pero el hombre mismo tiene una invencible tendencia a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades, o cuando en una representación teatral el actor, haciendo el papel de rey, actúa más regiamente que un rey en la realidad”

(Friedrich Wilhelm Nietzsche)

El Frente Amplio no es una coalición política, una alianza como lo fuese la Concertación, la Nueva Mayoría, Chile Vamos o Juntos Podemos, la Unidad Popular o el Frente Popular (FRAP), por señalar algunos varios y muy diversos ejemplos. Por mucho que traten de vendernos lo contrario, el Frente Amplio es en realidad una simple, llana y utilitaria plataforma electoral. Si no creen, pues es cosa de preguntar a Mayol, Jackson, Figueroa o Castillo.

¿es el Frente Amplio realmente portador de una nueva forma de hacer política? o ¿no será acaso parte de una apuesta electorera más dentro de una política basada en el grosero marketing?

La diferencia entre un frente o coalición y una plataforma electoral, es que el primer modelo nos presenta una suma de fuerzas políticas, las cuales pese a que pueden llegar a ser muy heterogéneas, tienen de todos modos un conjunto de acuerdos políticos programáticos que son la base y el sustento de la unidad organizativa. Por tanto, sus propuestas y acciones concretas, ya sean como gobierno, como oposición o como una fuerza dentro de un parlamento, son relativamente deducibles, pues estas se mueven dentro de un marco de posibilidades que están ya previamente delimitadas y contenidas en los acuerdos programáticos que las fuerzas sociales y políticas establecen como puntos esenciales para unidad y acción. Ciertamente, hay veces que pueden existir fuerzas díscolas; sectores o individuos que por alguna razón -coherente o no- se “salen” de los marcos de acuerdo y rompen con la predictibilidad general de la coalición o frente político. Pero esta situación no es común ni mayoritaria, aunque es relativamente recurrente en momentos de crisis hegemónica o de legitimidad de las fuerzas políticas dominantes, justamente como observamos medianamente en el Chile de hoy. Pero, de todos modos, en la mayoría de los casos, la forma dominante del ejercicio político se basa -precisamente- en una suerte de resguardo permanente de sus alianzas, puesto que este aspecto es fundamental para la conservación y extensión del poder político formal. Es una suerte de “principio republicano” que rara vez se viola. No debemos, pues, confundir el debate programático, por agudo que aparentemente pueda mostrarse, con una “traición” a los acuerdos fundamentes de aquella alianza. En Chile, los ejemplos de la Concertación (antes de la Nueva Mayoría) y la derecha, dan cuenta -hasta la actualidad- de esta forma de articular coherente y sólidamente sus coaliciones en función de conservar -bien o mal- su poder, legitimidad e influencia.

No obstante, una plataforma electoral es algo completamente distinto, básicamente una alianza circunstancialguiada por intereses particulares, precisos y estrechamente delimitados, que no alcanzan a configurardefiniciones programáticas fundamentales. Pues, ciertamente, por mucho afán que exista de denominar “programa” a una serie de enunciados amplios y de sentido común (como en efecto ocurre con Beatriz Sánchez en la actualidad), estos no configuran -por el solo hecho de ostentar el título- un programa de gobierno o parlamentario. Solo son simples y pobres tópicos.

“Plataforma electoral” es una manera de definir “politológicamente” (generosamente) a un agrupamiento de fuerzas políticas basado el simple cálculo electoral. Muchos pudieran -legítima y maquiavélicamente- pensar que esto por sí mismo no representa un problema político, entendiendo esta característica como un simple rasgo no concluyente al momento de la acción política misma. No obstante es -a nuestro parecer- muy importante porque en el fondo ¿qué es lo que prima al momento de definir la política? ¿Se puede confiar en una fuerza política que no tiene ningún interés en definirse programáticamente? o ¿es sensato confiar en una “coalición” que solo suma fuerzas y personalidades en función de votos, no importando las ideas que verdaderamente portan o representan?

La indefinición, por ejemplo, frente a materias tan importantes y decidoras como el problema marítimo que existe con la República de Bolivia, son expresión, no de una voluntad democrática y colectiva de tomar acuerdos dentro de sus propias filas en primer lugar, sino más bien de un frío cálculo electoral que apuesta a mantener acopladas tanto las bases de votantes que están en contra comoa favor de una salida al mar para el país vecino

A nuestro parecer, en estos casos, lo que a larga termina ocurriendo se mueve básicamente dentro dos posibilidades: (a) predominan los grupos de poder, las corrientes que por fuera de los espacios formales de dirección y militancia determinan la acción política del colectivo a partir de criterios obscuramente definidos -maniobras impúdicas mediante- y en función de intereses u objetivos sobre los cuales no se ha producido una discusión transversal y democrática; o bien (b) se impone una política basada en redes sociales; medios de comunicación masivos que determinan, de manera imprecisa y pragmática (como una suerte de encuesta social a-científica híper parcializada) el estado de ánimo de una sociedad que va construyendo opinión a medida que los fenómenos políticos acontecen, a partir de una mera superficialidad (como en efecto viene ocurriendo en el Frente Amplio, y cada vez con más fuerza). Lo programático, entonces, se vuelve superfluo, ajeno, abyecto; desafectando la razón y la coherencia política que (para bien o para mal) debe poseer un colectivo que se dispone a gobernar y parlamentar a nombre de miles de votantes poco atentos, incautos y crédulos, pero a la vez esperanzados en un supuesto bien-hacer de sus representantes que re-juran transformaciones radicales y profundas en la manera de ser de la política.

Precisamente por allí camina actualmente el Frente Amplio, sin voluntad franca de construir un programa que por el efecto mismo, sine qua non, de tomar decisiones claras -respecto a determinadas materias de vital importancia social-, necesariamente va limitar la absorción electoral de una parte de los votantes potenciales. La indefinición, por ejemplo, frente a materias tan importantes y decidoras como el problema marítimo que existe con la República de Bolivia, son expresión, no de una voluntad democrática y colectiva de tomar acuerdos dentro de sus propias filas en primer lugar, sino más bien de un frío cálculo electoral que apuesta a mantener acopladas tanto las bases de votantes que están en contra como a favor de una salida al mar para el país vecino; lo mismo ocurre con las variaciones y ambivalencias respecto a la crisis política venezolana o los “desafortunados” discurrimientos respecto al gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular. Dicho en simple: puro cálculo y simple ingeniería electoral; nada aleatorio o a medio construir.

De hecho, la misma elección de Sánchez como candidata presidencial demuestra soberbiamente aquella disposición -despolitizada y electorera- que hoy está determinado la actuación contingente del Frente Amplio. Y es que hablamos de una mujer con décadas de vida adulta, quién en ningún momento mostró disposición práctica para convertirse en una “portadora” o “servidora” de los intereses o demandas de nuestra sociedad (como hoy lo plantea). No es lo mismo tener opinión, en tanto periodista, que construir día a día fuerza social y política para el cambio, como hoy anuncia furibundamente su sector. Sin pretender ofender a nadie, nosotros solo observamos a una mujer guiada por una ambición personal de reconocimiento que se enciende frente a la posibilidad cierta de inscribir su nombre en la historia, pues de no ser así la hubiéramos visto hace años o décadas activarse en algún lugar o momento ¿no? En cambio, hoy la vemos articulada junto a un equipo electoral que, calculadora en mano (twitter, facebook o encuestas telefónicas metodológicamente dudosas) intenta estrujar al máximo a figuras comunicacionales ajenas (por tanto opuestas) a la política, guiadas por el mero afán de sumar votos a un proyecto sin contenido alguno. ¿Qué diría el viejo Sartori al respecto?, pues que este tipo de política, basada en el uso abusivo de rostros televisivos/comuniacacionales para encarnar supuestas ideas políticas, solo “promueve la extravagancia, el absurdo y la insensatez y multiplica al homo insipiens” (G. Sartori: 1997).

De este comportamiento inicuo no se puede esperar sino una amarga tragedia para quienes depositan su -inocente- confianza en esta novel generación de “reformadores” sociales, quienes ahora mismo se despellejan por un cupo parlamentario. De cara a los porfiados hechos nos preguntamos con franqueza: ¿es el Frente Amplio realmente portador de una nueva forma de hacer política? o ¿no será acaso parte de una apuesta electorera más dentro de una política basada en el grosero marketing? Basta observar de cerca la desesperada y descarnada disputa por el Distrito 10 de Santiago; realmente produce vergüenza ajena -pese al morbo- dar cuenta de que incluso la derecha (expertos en máquinas internas y dominación elitista) está resolviendo con más “decencia” las pugnas entre partidos y candidatos que el propio Frente Amplio. Seguro que Hobbes, frente a magno espectáculo, sonreiría diciendo: “Recuerden incautos: el hombre es el lobo del hombre”.

Tomado de Primera Línea-Prensa

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